Antonio García Sancho

     En nuestras manos, un trozo de papel. O, tal vez, frente a nosotros, colgada de la pared o parpadeando en una pantalla. Eso que llamamos fotografía y que a veces miramos, ingenuos, como algo plano y bidimensional es, en realidad, el resultado final de un arte escénico. Para que se produzca ese simulacro de perpetuidad inmóvil, ha tenido que sucederse, dinámicamente, el tiempo y la vida. En el siempre reducido mundo enmarcado por los límites del cuadro, dos bailarines entretejen su danza: Luz y Sombra les llamamos. El fotógrafo, como un espectador crítico, observa ese movimiento que se produce ante él, a veces de forma sutil, otras veces de manera descarada. Si ambos ejecutan bien sus pasos y unen sus movimientos con precisión, la danza se llena de armonía. Si la partitura que interpretan es dramática, Sombra cobrará mayor protagonismo y su interpretación será más densa y profunda, mientras que luz se hará más dura e intensa y ambos personajes bailarán por separado, mezclándose apenas en la danza sólo para dejar bien claros sus límites. Si, por el contrario, la partitura es suave y romántica, luz danzará por toda la escena, difuminará sus fronteras y sombra se dejará anegar por la calidez de su partener.

     El fotógrafo contempla el juego de Luz y Sombra esperando su momento, camuflado e inmóvil tras el mágico visor de su cámara, que parece enconger el mundo para permitirle capturarlo, o bien indiscreto y ruidoso, incluso marcando el paso a los danzantes.

     Y así se va desarrollando la fotografía o, al menos, la fotografía que yo concibo: un hervidero de movimiento y dinamismo que quiere comunicar, expresar, decir, contarnos, significar; un momento quieto en el tiempo que, sin embargo, trasluce la vida que desfila sin pausa frente a la cámara.